Ariel Deniz | Ascomida
285
post-template-default,single,single-post,postid-285,single-format-standard,ajax_fade,page_not_loaded,,qode-title-hidden,qode_grid_1300,footer_responsive_adv,qode-content-sidebar-responsive,qode-theme-ver-10.1.1,wpb-js-composer js-comp-ver-5.0.1,vc_responsive

Ascomida

Durante el curso, especialmente con menores que usan el comedor del colegio, la guerra alrededor de la comida es menos obvia pero a muchos padres y madres es un tema que les preocupa: especialmente en esta generación que es la de menores más obesos de la historia y con más trastornos de la alimentación en adolescentes.

Descartando que la causa de que tengan un apetito pobre sea debida a una enfermedad crónica o a una percepción alterada de los padres (pensamos que un niño come poco cuando está comiendo la cantidad adecuada para su edad), toca hoy hablar del asco: la emoción que nos salva. 

Todos tenemos barreras para protegernos de los demás y también de ciertos pensamientos, sentimientos y situaciones que pueden ser peligrosas para nosotros. El asco, en este sentido, es fundamental. Siendo una de nuestras emociones básicas, el asco es muy común en todas las culturas: sentimos asco ante las principales secreciones corporales, ante alimentos en mal estado o con mal aspecto, con ciertos seres vivos (arañas, cucarachas…) y por ciertas categorías de “extraños o personas diferentes”, especialmente cuando creemos que violan las normas sociales o morales. Y, cuando somos niños, el asco juega un papel fundamental para protegernos de intoxicaciones y atragantamientos. 

Una mejor alimentación de los más pequeños pasa siempre porque seamos coherentes en nuestra relación con la comida: ¡cuántas veces habré visto a padres obligando a sus hijos a comer espinacas cuando estos las odian! De hecho, hay dos leyes que muestran lo irracionales que podemos llegar a ser en cuanto al asco: son la Ley del Contagio y la de la Similaridad. La primera se refiere al hecho de que muchas personas rechazarían que les regalásemos un abrigo muy caro que les encanta si les decimos que antes se lo ha puesto una persona con una enfermedad contagiosa, aunque esta no se transmita por compartir abrigos y pese a que demostremos que el abrigo ha pasado por la tintorería. En el caso de la segunda, la gente se niega a comer chocolate belga de alta calidad con forma de caca de perro: esto es así porque creemos erróneamente que lo que es similar tiene la misma esencia. Así es que siendo niños es difícil que el brócoli no nos parezcan croquetas de césped o que la lechuga nos haga pensar que estamos comiendo lo que los rumiantes. El gusto por lo sano en los peques a veces requiere de paciencia y afecto. 

Las negativas de muchos niños y niñas, especialmente a partir del segundo año, ante ciertos alimentos forman parte también de su despliegue del Yo: de su sensación remota de empezar a existir en el mundo. Es un modo también de comenzar a jugar con los límites y es una buena manera de iniciar contactos de calidad con los adultos a su cargo. 

Te dejo algunas ideas que quizás te sirvan:

1. Vívelo rico: construye situaciones agradables alrededor de la comida. Alimentarse no es positivo si se hace luchando y mucho menos si se vive con prisa y estrés, especialmente por la mañana.

2. Mezcla comidas: muchos zumos de frutas naturales integran bien algo de espinacas o zanahorias, las tortillas admiten mucha verdura blanca entre las papas y las sopas son un lugar perfecto donde enriquecer el agua con alimentos de alto valor como la quinoa o unas coles. Introducirlos primero en el consumo de alimentos frescos en lugar de en tarros de comida procesada puede darte muchas alegrías. Reflexiona también sobre cómo te relacionas tú con los alimentos y el comer: muchas conductas aparecen por imitación.

3. Ser Chef: a los más pequeños la cocina les parece un lugar apasionante donde pueden amasar, mojarse y colaborar. Cocinar en familia puede ser una experiencia muy enriquecedora donde asociar estos vínculos positivos y probar cosas nuevas. Además, la preparación de la comida levanta el apetito. Conecta estas experiencias con la naturaleza, no dejes que te engañen: mejor jugar en el campo que en un centro comercial. 

4. Comer juntos: los peques de la casa no tienen sólo que acostumbrarse poco a poco a nuevos sabores, también al olor de una familia que comparte un tiempo de afecto y espontaneidad alrededor de los alimentos. Tu propio placer por la alimentación sana será contagiosa e imitable. 

O quizás no. Lo que es un hecho es que no hay antídoto más poderoso contra el asco que la confianza. Y no hay confianza sin vínculos. Así que quiéranse, venga lo que venga en el plato. Feliz verano.